Prologo de El Libertino

lunes, 20 de febrero de 2017




De las razones de amor tenidas entre el caballero don Gualberto y doña Eliabel, la bella malmaridada

Ved a un hombre en la plenitud de su fuerza y a una mujer en la plenitud de su sazón a los que ha juntado la vida, los dos con la primavera en la sangre. Don Gualberto tiene la mano en el talle de la dama, sintiendo su calor bajo la suavidad del tejido. Atrae a la mujer con la fuerza de un abrazo y siente la morbidez del cuerpo pegado al suyo. Ahora, con la suavidad que el caso requiere, le recorre la nuca y el cuello con muchos besos quedos, pudorosos. ¿Quién podría contarlos? Ella respira alterada, los rubores subidos al rostro, que oculta en el cuello masculino, oliendo su fiereza animal.
Don Gualberto la atrae un poco más, con suavidad y terneza, hasta que siente los pechos pujar contra su cuerpo. Ahora le busca la mirada, y contempla el reflejo de sus ojos en los grises de ella. Doña Eliabel siente más calores. Incapaz de sostener la mirada, cierra los ojos y entreabre los labios mostrando una hilera de dientes parejos, blancos, que frota cada mañana con corteza de abedul. ¡Ah, la boca fresca y lozana como fuente donde apagar la sed de amor!
El brazo fuerte estrecha la leve cintura, la atrae, la besa quedamente en los labios, que ella entreabre, abandonada, los ojos cerrados, los pulsos alterados, el corazón palpitante y feliz. ¡Ah, del beso largo y suave al principio, sintiendo la saliva templada, ah del beso apasionado y mordiente después, mientras el mundo se detiene y el sol y las estrellas extravían sus horas y sus giros!
Abierta está la ventana al huerto y a la noche. El hombre y la mujer envueltos en el dulce ahogo de la tierra mojada.
Dos amantes en el amor engarzados. Callados, se miran de luengo, palpitantes los corazones, arrebatados los pulsos. Arde la hoguera secreta que consume el mundo y enciende los humores. ¡Dicha que ha puesto el Criador en sus criaturas y que el que no conoce no sabe lo mejor de la vida!
Mirad ahora. La mano que apresa la mano de ella y se desliza, brazo arriba, hasta el pecho. ¡Promontorio que atrae como la miel a los osos, como el cordero recental al lobo! ¡Teta firme y redonda que junto con el abombado trasero y la raja secreta es lo mejor que corporalmente tiene la vida! ¡Babilonia de los dulzores y los sentidos! Vedlo palpar los pechos marfileños de la dama por encima de la saya ajustada; vedlo abrir la encuerda con mano torpe, que ella ayuda presurosa temiendo que se la rompa; vedlo encontrar la carne firme y joven bajo la camisa, los pezones duros y henchidos. Mirad las orejas encendidas de la dama, ved el sudorcillo tibio que se le forma en las sienes y en el bozo, pelusa de melocotón, néctar trasudado y promesa de dulzuras. Ella, pudorosa todavía, le sostiene la mano, con más desmayo que firmeza, débilmente. Oídla murmurar: «Mancilladme, si os place.»
¿Si os place? ¿Puede alguien detener la tormenta cuando descarga su aguacero sobre tierras y bosques? ¿Puede alguien sujetar el agua de los ríos que desciende impetuosa por el caz del molino moviendo el rodezno? ¿Puede alguien mudar el viento que menea las altas ramas? Un beso más prolongado mientras la toma en brazos, la levanta entera y la reclina en la dureza del camastro. Ella lo rodea suavemente con sus brazos. Doña Eliabel ya no abre los ojos. Abandonada, se deja trastear.
La mano libre palpa las tetas pujando sobre la barrera del vestido. Después, sin dejar de besarla, sin mirarla a los ojos, desciende hasta las faldas que al suelo llegan pesantes y abundosas. Halla el dobladillo, lo levanta, se desliza entre los muslos, que ella separa un poco, como la inquieta trucha entre las ovas. ¡Oh, ardimiento amoroso, licor caliente de las venas! El caballero menesteroso indaga en la fuente del dulzor. Ya levanta con mano versada las haldas de la dama, recorre los muslos de marfil, la tersura de uva de las nacaradas nalgas, hasta tentar la suavidad caliente de su natura, el dulce estuche de terciopelo que guarda la escondida perla, pequeña y húmeda. Ahora lo entreabre con expertos dedos, cae rendido, hoza el vellón dorado y restriega la cara en tan tierna almohada como el mamoncillo recién parido se aprieta contra la madre, por aspirar más golosamente su secreto aroma, lame los carnosos y calientes pétalos, los separa con la lengua, los muerde con los suyos con leves apremios. ¡Ah, raja caliente y mojada, pringuecilla que mana de la fuente de la vida, las desplegadas alas de carne que se abren como un capullo y exhalan el néctar de la dicha!
Ved la otra mano del caballero que desciñe sus viriles bragas, desliga experta los cordones que las afirman a las calzas y libera su miembro henchido y enhiesto, duro como mano de broncíneo almirez. ¡Ah, suavidad; ah, presteza; ah, voracidad del chorizo viril, aquel cuyo primer bocado no tiene pellejo! Vedlo rozar las suavidades de ella, y separar las tiernas veladuras que ocultan la abertura del goce incomparable. Dicha de Dios que Él mismo ha puesto en nuestros cuerpos, para regodeo de sus criaturas y multiplicación de su gloria. Ahora la penetra con deliberada lentitud, suavemente. «Que nunca transcurra este momento en que soy feliz», musita en su oído. Ella gime y se tensa al ser hendida. Ved, amigos, cómo don Lanzarote entra en la reina Ginebra, firme y suave. Ved cómo ahonda en ella, que se entrega y no acierta a explicarse ese dolor tan dulce. Mientras acalla en besos los suspiros, ved cómo irrumpe y sale de la placentera llaga. Contemplad los dos cuerpos en uno, deleite celestial sin linde ni costura, éxtasis divino cuando al unísono sobreviene el espasmo. Escuchad su agonía. Ahora es él quien gime mientras riega los más profundos adentros de su dama, el horno encendido de su vientre, con el chorro impetuoso de su semilla, mientras ella, sudorosa y vencida, lo contempla amorosa con tranquilos ojos de santa.
Se ha dormido el galán vencido al profundo sueño reponedor y ella queda velándolo y catando de cerca su rostro trabajado de la vida pero aún hermoso. Oíd su corazón al tiempo que estas cosas va diciendo: «¡Oh, amado por fin hallado en las amarguras del mundo! ¿Qué batán es éste con el que quiebras mi virtud, qué ariete es éste con el que demueles mis puertas, qué trebuquete es el que arrasa cuanto de recatado guardaba en mi corazón? ¡Desdichada de mí, que nunca sentí tal conmoción en mis entrañas, ni este escalofrío placentero remontar como un río mi cintura! ¿Cómo es que ha transcurrido mi vida sin tal conocimiento? ¿Y qué color han tenido mis días hasta hoy, desterrada deste paraíso deleitoso, ignorante deste fuego escondido de mi cuerpo en donde arde dolor tan placentero?»
Con estas razones aguarda la bella malmaridada a que despierte el caballero menesteroso por ver si repite y le hace un bis o un tris, lo que, en efecto, él cumple con los mismos ardores y ejercicios que la primera vez, pues no se cuenta en el número de los flojos que desfallecen y abandonan la justa tras quebrar la primera lanza.
Con tanta y tan capaz sementera, milagro sería que no germinase la tierra. ¡Preñada y bien preñada queda doña Eliabel! A la primera. Donde los discretos notarán que la buena tierra responde a la simiente fértil y amorosa, donde antes no había respondido a la vana y mustia de don Hugo de Tours, el flamante cornudo, el gran cabrón que la maltrata y malquiere. ¡Malhaya quien tal hace a cualquier hembra, tanto si es bella sin comparanza y hermosa como la luna, como si es membruda e hirsuta, pues sólo en ser mujer abunda en hermosuras!
¡Lasitud placentera, desmayo de amantes bien colmados tras el acto divinal! Así pasan los enamorados toda la noche en su deseado ejercicio, como suelen hacer los heridos de amor que antes desmayan en sus potencias que en sus ardores. Así reposan escocidos en sus partes y exhaustos de machihembrarse. Tan sólo se dan tregua y reposo cuando ya la mañana apunta sus primas luces derramando claridades por el campo.
Mira doña Eliabel la claridad que dibuja la finiestra y, volviendo a sus sentidos, un algo recompuesta de tantas conmociones placenteras que nunca antes sintiera por acto conyugal, recupera el seso y con él los pudores, aunque no todos, que dengue no es, sino mujer y muy entera. «¿Es esto amor —se pregunta, confusa y placentera— o mera agitación de los sentidos?» Se aparta de don Gualberto, y deshace con suavidad el persistente abrazo cuando la aurora llega y la luz aconseja discreción y tino. Al oído murmura: «Se hace tarde. Debes salir, messire, mi amigo.» No se atreve a mirarlo en su mirar. Ha reclinado la cara en el vientre peludo y ha visto alzarse la natura viril, que no desmaya. «¿Aún hay más? —murmura complacida—. ¿Es que nunca te agotas, amor?» Con atrevido gesto empuña el cetro, gustosa lo rodea en el cerrado anillo de sus dedos, en un impulso ingenuo se lo lleva a la boca y, asombrada de su misma osadía, exhala un quejido de plenitud y ahogo…Con muchos abrazados besos se departen el uno del otro. Sale de la celda don Gualberto, secreto y sigiloso, aunque un poco temblón. Queda doña Eliabel transida en el sudoroso camastro conventual de palo y cuerdas. Yace llena de gozo como nunca sintiera y dice para sí: «Ahora sé qué es amor, que antes no sabía.»

Últimas pasiones del caballero Almafiera (Juan Eslava Galán).


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